Nancy Erica Ortiz - Nancy Ortiz: Pedagoga Integral. Facilitadora del Curso Los Niños de Hoy y Curso El Niño como síntoma. Se formó en Pedagogía Waldorf, Inteligencias Multiples e inteligencia Emocional.
EL CUIDADO DE LA VIDA INTERIOR DEL NIÑO

(Por Nancy Ortiz)

El cuidado de la Vida Interior del Niño

Bebe

Hay un lugar interior que todos deberíamos conservar, un espacio de paz, de quietud, de sentimiento de Estar Bien y conformes, pese a lo que afuera suceda. 
Este espacio interior es nuestro refugio principalmente en los momentos de incertidumbre, de angustia o soledad.
Todos debiéramos poder encontrar con facilidad este espacio, para poder allí refugiarnos en su paz y seguridad en los momentos difíciles. Sin embargo, lo que a menudo se siente es un gran vacío. Un angustioso e intolerable vacío del que desesperadamente se quiere huir. Es así que no pudiendo encontrar el recogimiento interior se busca aplacar por medios externos lo que no proviene de adentro. Los alimentos dulces como golosinas, la TV, los ruidos y sonidos constantes son los mejores aliados para evitar sentirse a si mismo. Se quiere lograr por lo menos por un instante la sensación de armonía física y anímica que no se presenta sin estos sedativos.

Sabemos que muchas de las carencias sentidas en la adultez tienen raíz en la niñez, por eso la importancia de ocuparnos de los niños, de acompañar sus procesos, de conocer sus necesidades.
Rudolf Steiner, el creador de la Antroposofía, ha descubierto que el ser humano posee doce cualidades a las que denominó como Sentidos -Doce Sentidos-.
Para ser concreta y para que este conocimiento esté al alcance de todos, me referiré a uno de los sentidos más fundamentales, lo que Rudolf Steiner llamó el “Sentido de la Vida” o el “Sentido de Plenitud o Bienestar”.
El “Sentido de la Vida” tiene una meta primordial: Comunicar la sensación de estar bien.

Por un instante cierre los ojos y sienta su interior. Sienta si hay calma, si hay quietud. Ahora recuerde un momento donde esta calma no estuvo, donde se sentía alterado, nervioso o con algún dolor. Este es el sentido de la vida, el sentido que le comunica paz, o el sentido que le comunica un estado interior alterado.
La actividad primera del sentido de la vida es transmitir paz y calma cuando todo está en orden, y cuando no es así, se altera sintomatizando en el cuerpo o en el ánimo. Normalmente nos damos cuenta de que estábamos bien, cuando comenzamos a sentirnos mal. Es decir, en general percibimos el sentido de la vida cuando se ve alterado por alguna razón interna o externa.

El niño nace con la conciencia de que el mundo es bueno. Y en las primeras experiencias de malestar, de dolor o incomodidad física o anímica se le debe confirmar que el mundo efectivamente es bueno, calmándolo, acompañándolo y conteniendo su Ser para que vuelva a la paz.
Es por eso que el sentido de la vida es uno de los sentidos fundamentales. Porque comunica al niño lo más sensible: ¿Cómo me siento? ¿Cómo es el mundo conmigo? 
 
Cuando el niño es pequeño su cuerpo le resulta incomodo, indominable. A medida que va creciendo va conociendo sus capacidades y sus límites. Va controlando sus impulsos apropiándose de si mismo.
Pero cómo vive este proceso de adaptación y de autoconocimiento es de vital importancia para su futuro. 
El niño en crecimiento debe conectarse con la sensación de estar bien, de estar a gusto consigo mismo, de estar cuidado y contenido. Como ya he dicho, es aquí donde el niño tiene que confirmar que el Mundo es Bueno. Es en él mismo, en el sentido de la vida, donde debe sentir la bondad y la quietud.
Al principio comenzará a percibirlo desde el cuerpo, lo cual tendrá eco en su interior. Lo que comienza como un cuidado físico se traslada a un sentimiento anímico de estar bien, de estar conforme, de estar en paz y seguro.
Y este cuidado debe provenir de afuera, debe venir de sus padres al principio, y luego de todo el entorno más inmediato.

Es esencial que el niño sienta de sus padres contención, amparo y cuidado, tanto de su cuerpo como de su estado interno. 
Los padres son para los niños la figura de Dios. Son lo más cercano que ellos tienen al Padre-Madre Celestial. Para el niño pequeño son su mundo, y de ellos necesita recibir amor para construir la confianza, la entrega, la alegría de existir.
El niño a través del cuidado de sus padres aprende a confiar en la contención del mundo, y por otro lado e igual de importante, se genera en su interior un lugar de recogimiento, un lugar de calma y quietud. Aquí residirá la seguridad, el abrazo, la confianza y la entrega, y por supuesto, todo esto contribuirá significativamente en el desarrollo de su personalidad futura.

En este lugar el niño podrá encontrarse en paz con su cuerpo y con su espíritu.
Este lugar es el que buscamos desesperadamente cuando somos adultos. Es a este lugar donde queremos volver cada vez que sucede algo disonante. 
Este lugar es el interior del niño, pero he aquí la labor: Este lugar se construye con la presencia y el cuidado intuitivo de los adultos. 

Muchos padres tienden a asustarse o alarmarse cuando el niño está simplemente tranquilo. Reflexionan equivocadamente que ser pequeño significa estar en constante movimiento, murmullo o en un excitado estado anímico. Pero eso que asusta es lo que debemos permitir que suceda. La tranquilidad. El niño tiene la capacidad de estar tranquilo, solo que a veces no se le es fomentado o no se le es permitido. 
El niño ya desde muy pequeño debe aprender del silencio y la quietud sin que eso signifique estar desanimado o enfermo.
Si el niño logra percibirse tranquilo, si se lo acompaña con entrega, podrá saber lo que es sentirse Bien internamente. Bien con si mismo y con los demás.

Rudolf Steiner llamó a este estado “sentirse bien interiormente como integridad”.
Hoy en día vemos a los niños reaccionar desmedidamente ante todo. Los vemos alterarse fácilmente, los vemos ir y venir con sus emociones a flor de piel. Hay una parte del niño que está sin control y que reacciona con facilidad. 
Si el niño se siente como una integridad armónica, se siente entero internamente, su cuerpo y su espíritu estarán capacitados para no quebrantarse ante diversas afecciones. Más sencillamente, si el interior del niño está bien está contenido, conoce lo que es la quietud, sabe lo que es la calma, no será vulnerable a cualquier hecho. 
Hoy nos encontramos ante niños absolutamente vulnerables a cualquier estímulo, niños con una muy baja tolerancia. Pero ¿Cómo podemos pedirles a estos niños que permanezcan quietos, que no griten, que estén tranquilos, si en muchos casos no conocen ese estado? Lamentablemente a menudo les es más familiar la desarmonía que la armonía.

Esto es lo que tenemos que rescatar: el pedido de auxilio de los niños. La humanidad debe recuperar la calma, debe aprender las diversas formas de estar bien. Debe recuperar la vida interior porque esto es lo que más necesitan los Niños de Hoy. 

Contención y cuidado es lo que necesitan, y no se trata sólo del cuidado corporal, sino también anímico y espiritual, con dedicación sincera, con verdadera participación interna por parte del adulto.
Si el niño recibe este amor a través del cuidado del entorno, si puede conocer lo que es estar tranquilo pero feliz, experimentará la bondad en su ser, la bondad del mundo, registro que le quedará para toda su vida.

Antes de terminar, sólo una sutil e importante aclaración: lo que el niño vivenciará será lo que está detrás de nuestros actos, más allá de lo que se le muestre. El niño tomará la esencia que está detrás de las formas, por eso el trabajo es mutuo. 
Los niños son un reflejo de nosotros mismos. Podremos mostrarles tranquilidad, podremos cuidarlos exageradamente, pero lo que el niño tomará es la esencia de cada acto. Es el ritmo de nuestra respiración en ese preciso momento.
 
En la segunda entrega trataremos las alteraciones de conducta y carácter ligadas al deficiente cuidado de la vida interior del niño.

Autora: Nancy Ortiz
Creadora del curso "Los Niños de Hoy"
www.caminosalser.com/nancyortiz
Editora de www.caminosalser.com
Bibliografía consultada:
"Niños temerosos, tristes e inquietos", de Henning Köhler.



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