Caminos al Ser, un portal hacia la realización del Ser y la Paz Mundial
 
Frase del día
"La felicidad no llega desde lo que haces, la felicidad fluye hacia lo que haces, y por tanto hacia este mundo, desde muy dentro tuyo." Eckhart Tolle
Caminos de palabras, segunda entrega, "Hablo de cosas que existen".

Caminos de palabras, segunda entrega.

Hablo de cosas que existen.

Pescadores Palma 1901

Iniciamos este recorrido en la entrega pasada de la mano de Alejandra Pizarnik. Hablábamos de la búsqueda, de los poetas como buscadores. De la dualidad, de la dolorosa permanencia en el mundo, del anhelo de algo que se vislumbra y que no siempre logra ser alcanzado.
Estas entregas van tomando forma a medida que las camino, y entonces, como cuando aparece un paisaje repentino al doblar un recodo del sendero, apareció la idea de cómo continuar. Quise acercarme ahora a los poetas cuya búsqueda los ha llevado a involucrarse en causas sociales, a explorar lo cotidiano del hombre, a prestar su pluma para que quien no tenga voz audible la utilice como propia. Muchos nombres acudieron a mi llamado, pero pronto sentí innecesario abarcar tanto. Me pareció que, así como Alejandra nos había permitido sumergirnos en un ámbito de la poesía, tal vez un poeta cercano, simple y franco como Pablo Neruda podía traernos hoy a este otro.
Tal vez mi intento suene pretencioso, pero presiento que si logramos ir internándonos y abarcando estos ámbitos diversos, si logramos intuir la esencia de los poetas y sus búsquedas, no estaremos haciendo otra cosa que caminar hacia una visión integradora de nosotros mismos. Como quien arma un rompecabezas de piezas tan disímiles como complementarias iremos armándonos, sintiéndonos comprendidos y “comprendientes”. Abrazar, comprender, amar cada una de esas visiones que los poetas nos traen, para así intentar amar, comprender y abrazar al Hombre, a su esencia, su caminar en la Tierra, su permanente movimiento.
Y las palabras otra vez haciendo ese puente mágico, tan hecho de nuestra íntima sustancia y a la vez tan universal, tan ajeno y tan propio al mismo tiempo.

Pablo NerudaPablo Neruda se define a sí mismo como un alfarero, un artesano de la palabra. Si bien se perciben en su obra los laberintos intrincados del alma humana, él intenta con franqueza habitar el mundo codo a codo con los hombres y sus luchas, incluso sus recorridos por el amor y la melancolía tienen algo de terrenal, su amor y su tristeza son  concretos y merecen ser nombrados así como se nombra el ancla de un barco encallado o las redes de un pescador.
“Como poeta activo combatí mi propio ensimismamiento”, dice Neruda en sus memorias (“Confieso que he vivido”, ed. Seix Barral, 1974). Les propongo leer de su propia pluma una explicación de su compromiso y  del material con que está hecha su poesía:

“La América del Sur fue siempre tierra de alfareros. Un continente de cántaros. Estos cántaros que cantan los hizo siempre el pueblo. Los hizo con barro y con sus manos. Los hizo con arcilla y con sus manos. Los hizo de piedra y con sus manos. Los hizo de plata y con sus manos.
Siempre he querido que en la poesía se vean las manos del hombre. Siempre he deseado una poesía con huellas digitales. Una poesía de greda para que cante en ella el agua. Una poesía de pan, para que se la coma todo el mundo.
Sólo la poesía de los pueblos sustenta esta memoria manual.
Mientras los poetas se encerraron en los laboratorios, el pueblo siguió cantando con su barro, con su tierra, con sus manos, con sus minerales. Produjo flores prodigiosas, sorprendentes epopeyas, amasó folletines, relató catástrofes. Celebró a los héroes, defendió sus derechos, coronó a los santos, lloró a sus muertos.
Y todo esto lo hizo a pura mano. Estas manos fueron siempre torpes y sabias. Fueron ciegas, pero rompieron las piedras. Fueron pequeñas, pero sacaron los peces del mar. Fueron oscuras, pero buscaban la luz.
Por eso esta poesía tiene ese sortilegio de lo que ha sido creado entre las cosas naturales. Esta poesía del pueblo tiene ese sello de lo que debe vivir en la intemperie, soportando la lluvia, el sol, la nieve, el viento. Es poesía que debe pasar de mano en mano. Es poesía que debe moverse en el aire como una bandera. Poesía que ha sido golpeada, que no tiene la simetría griega de los rostros perfectos. Tiene cicatrices en su rostro alegre y amargo.
Yo no doy un laurel a estos poetas del pueblo. Son ellos los que a mí me regalan la fuerza y la inocencia que debe informar toda poesía. Son ellos los que me hacen tocar su nobleza material, su superficie de cuero, de hojas verdes, de alegría.
Son ellos, los poetas populares, los oscuros poetas, los que me enseñan la luz.”

(de “Para nacer he nacido”, P. N., ed. Seix Barral, 1978)

Les recomiendo también leer del mismo libro “Sobre una poesía sin pureza”, maravilloso texto del que transcribo solo una parte:

“Es muy conveniente, en ciertas horas del día o de la noche, observar profundamente los objetos en descanso: las ruedas que han recorrido largas, polvorientas distancias, soportando grandes cargas vegetales o minerales, los sacos de las carbonerías, los barriles, las cestas, los mangos y asas de los instrumentos del carpintero. De ellos se desprende el contacto del hombre y de la tierra como una lección para el torturado poeta lírico. Las superficies usadas, el gasto que las manos han infligido a las cosas, la atmósfera a menudo trágica y siempre patética de estos objetos, infunde una especie de atracción no despreciable hacia la realidad del mundo.
La confusa impureza de los seres humanos se percibe en ellos. (...)
(...)
Así sea la poesía que buscamos, gastada como por un ácido por los deberes de la mano, penetrada por el sudor y el humo, oliente a orina y a azucena salpicada por las diversas profesiones que se ejercen dentro y fuera de la ley.  
Una poesía impura como un traje, como un cuerpo, con manchas de nutrición y actitudes vergonzosas, con arrugas, observaciones, sueños, vigilia, profecías, declaraciones de amor y de odio, bestias, sacudidas, idilios, creencias políticas, negaciones, dudas, afirmaciones, impuestos.
La sagrada ley del madrigal y los decretos del tacto, olfato, gusto, vista, oído, el deseo de justicia, el deseo sexual, el ruido del océano, sin excluir deliberadamente nada, la entrada en la profundidad de las cosas en un acto de arrebatado amor, y el producto poesía manchado de palomas digitales, con huellas de dientes y hielo roído tal vez levemente por el sudor y el uso. Hasta alcanzar esa dulce superficie del instrumento tocado sin descanso, esa suavidad durísima de la madera manejada, del orgulloso hierro. (...)”


Así, Neruda le canta al amor y a las cosas del mundo. Presta su palabra, le pide al mar nuestro pez de cada día. Escribe alabanzas a lo más simple y a lo más sublime y no sabemos qué objeto ejerce cuál de esas cualidades, puesto que sus Odas a la esperanza y al día feliz conviven en igual estatura con las dedicadas al vino, al tomate o al caldillo de congrio. “Hablo de cosas que existen”, nos dice en “Estatuto del vino”, un poema del increíble libro “Residencia en la tierra” (ed. Cruz y raya, 1935).

Así también, en “Walking around”, aparece ese cansancio humano, honesto, con el que tal vez podamos identificarnos a veces:

“Sucede que a veces me canso de ser hombre.
Sucede que entro en las sastrerías y en los cines
marchito, impenetrable, como un cisne de fieltro
navegando en un agua de origen y ceniza.

El olor de las peluquerías me hace llorar a gritos.
Sólo quiero un descanso de piedras o de lana,
sólo quiero no ver establecimientos ni jardines,
ni mercaderías, ni anteojos, ni ascensores.

Sucede que me canso de mis pies y mis uñas
y  mi pelo y mi sombra.
Sucede que me canso de ser hombre.

(...)”


Y el amor, esa epopeya tan crudamente humana, se pasea por su obra insistentemente. Neruda ha escrito al amor como pocos, y su amor tuvo la mayoría de las veces nombre y apellido: Matilde Urrutia. Sus poesías de amor son sin duda las más conocidas, pero quiero transcribir de todos modos el Poema 18 que es, para mí, particularmente bello:

“Aquí te amo.
En los oscuros pinos se desenreda el viento.
Fosforece la luna sobre las aguas errantes.
Andan días iguales persiguiéndose.

Se desciñe la niebla en danzantes figuras.
Una gaviota de plata se descuelga del ocaso.
A veces una vela. Altas, altas estrellas.

O la cruz negra de un barco.
Solo.
A veces amanezco, y hasta mi alma está húmeda.
Suena, resuena el mar lejano.
Éste es un puerto.
Aquí te amo.

Aquí te amo y en vano te oculta el horizonte.
Te estoy amando aún entre estas frías cosas.
A veces van mis besos en esos barcos graves,
que corren por el mar hacia donde no llegan.

Ya me veo olvidado como estas viejas anclas.
Son más tristes los muelles cuando atraca la tarde.
Se fatiga mi vida inútilmente hambrienta.
Amo lo que no tengo. Estás tú tan distante.

Mi hastío forcejea con los lentos crepúsculos.
Pero la noche llega y comienza a cantarme.
La luna hace girar su rodaje de sueño.

Me miran con tus ojos las estrellas más grandes.
Y como yo te amo, los pinos en el viento,
quieren cantar tu nombre con sus hojas de alambre.”

                                (de “Veinte poemas de amor y una canción desesperada”, P. N.)

Me despido con dos joyitas (y que Don Pablo me perdone este collage irrespetuoso). Una es un fragmento de la “Oda al pasado”, y la otra es la “Oda a la vida”. Ambas encierran el espíritu pragmático y a la vez hondamente sabio de Neruda, esa mezcla que nos sugiere que lo espiritual y lo mundano no necesariamente deben separarse.
Aquí va entonces una parte de “Oda al pasado”:
 
“(...)
Escucha, aprende:
el tiempo
se divide
en dos ríos:
uno
corre hacia atrás, devora
lo que vives,
el otro
va contigo adelante
descubriendo
tu vida.
En un solo minuto
se juntaron.
Es éste.
Ésta es la hora,
la gota de un instante
que arrastrará el pasado.
Es el presente.
Está en tus manos.
Rápido, resbalando,
cae como cascada.
Pero eres dueño de él.
Constrúyelo
con amor, con firmeza,
con piedra y ala,
con rectitud
sonora,
con cereales puros,
con el metal más claro
de tu pecho,
andando
a mediodía,
sin temer
a la verdad, al bien, a la justicia.
Compañeros de canto,
el tiempo que transcurre
tendrá forma
 y sonido
de guitarra,
y cuando quieras
inclinarte al pasado,
el manantial del tiempo
transparente
revelará tu integridad cantando.
El tiempo es alegría.”


Y para terminar, la Oda a la vida:

“La noche entera
con un hacha
me ha golpeado el dolor,
pero el sueño
pasó lavando como un agua oscura
piedras ensangrentadas.
Hoy de nuevo estoy vivo.
De nuevo
te levanto,
vida,
sobre mis hombros.

Oh vida, copa clara,
de pronto
te llenas
de agua sucia,
de vino muerto,
de agonía, de pérdidas,
de sobrecogedoras telarañas,
y muchos creen
que ese color de infierno
guardarás para siempre.

No es cierto.

Pasa una noche lenta,
pasa un solo minuto
y todo cambia.
Se llena
de transparencia
la copa de la vida.
El trabajo espacioso
nos espera.
De un solo golpe nacen las palomas.
Se establece la luz sobre la tierra.

Vida, los pobres
poetas
te creyeron amarga,
no salieron contigo
de la cama
con el viento del mundo.

Recibieron los golpes
sin buscarte,
se barrenaron
un agujero negro
y fueron sumergiéndose
en el luto
de un pozo solitario.

No es verdad, vida,
eres
bella
como la que yo amo
y entre los senos tienes
olor a menta.

Vida,
eres
una máquina plena,
felicidad, sonido
de tormenta, ternura
de aceite delicado.

Vida,
eres como una viña:
atesoras la luz y la repartes
transformada en racimo.

El que de ti reniega
que espere
un minuto, una noche,
un año corto o largo,
que salga
de su soledad mentirosa,
que indague y luche, junte
sus manos a otras manos,
que no adopte ni halague
a la desdicha,
que la rechace dándole
forma de muro,
como a la piedra los picapedreros,
que corte la desdicha
y se haga con ella
pantalones.
La vida nos espera
a todos
los que amamos
el salvaje
olor a mar y menta
que tiene entre los senos.

                (de “Odas Elementales”, P.N., 1954)

Ahora sí, me llamo nuevamente a silencio. Como de costumbre, siento que hablé demasiado. Confío en que el viento, la noche, el agua, se lleven lo que sobra.
¡Hasta la próxima!
Gracias.

Gabriela Alberoni.

Pese a no tener más currículum que el título auto-otorgado de Amiga de las Palabras (y a los efectos prácticos, la corrección de algunas novelas y varios ensayos), ofrezco mi servicio de corrección de textos. Yo llamo a mi tarea “corrección consciente”, “corrección cuidadosa”. ¿Cómo explicarlo? Trabajé durante un tiempo acompañando nacimientos como doula. Siendo aprendiz de partera vi nacer a muchos niños y parir a muchas mujeres y siempre lo hice desde la perspectiva del respeto absoluto y de la no intervención. No hacer más que lo que la situación pide de mí y recordar que estoy para ayudar, pero que el proceso que cuenta es el de ese ser que nace y el de la mujer que le da nacimiento. Lo mismo intento hacer con las obras que corrijo: intervenir lo mínimo necesario para que estas lleguen al mundo con lo que su autor quiso transmitir intacto, cuidando el sentido como quien cuida celosamente a un bebé recién nacido.
Esto no es publicidad, porque sé que llegarán a mis manos las obras que tengan que llegar, ni más ni menos.
Para contactarme: click aquí



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